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Reseña de Dueño del Mundo

El teniente Gilbert K. Leyland estaba en su aparato, un «F. 187», de motor atómico, haciendo una patrulla de observación a cuarenta y cinco mil metros de altura. Cuarenta y cinco kilómetros más abajo, casi podía ver las dos costas de los Estados Unidos, pero él no se preocupaba del panorama. Lo único en que pensaba era en el momento en que llegase la hora del descenso, terminada su monótona tarea, que compartía con cinco aparatos más, al ser relevados por otra escuadrilla, para irse de paseo con su novia, a orillas del río, espléndido con su césped y sus álamos en aquella época de primavera.También maldecía del servicio encomendado. Encajonado en una estrecha carlinga, empaquetado con numerosos objetos de su equipo, apenas podía hacer otra cosa que respirar y vigilar los infinitos cuadrantes del tablero de mandos, echando de vez en cuando una indiferente mirada a la pantalla del radar, junto con la de la televisión, conectada con la anterior y que le permitía descubrir cualquier objeto sospechoso en un radio de mil kilómetros, en contados segundos.El aparato, en el que apenas se veía otra cosa que un alargado fuselaje, con un poco de timón y alas, lo suficiente para apoyarse en la escuálida capa de atmósfera que había a aquella enorme altura, surcaba el espacio a velocidades medias de dos mil quinientos kilómetros a la hora, movido por el potentísimo motor a reacción impulsado por energía nuclear, prácticamente inagotable.

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