Camino de perfeccion

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Los balcones, altos y anchos, rasgados en la gruesa pared, no se abrían en toda su altura, sino sólo en la parte de abajo: los cristales eran pequeños y sujetos por gruesos listones pintados de blanco.

Una sillería vieja de terciopelo amarillo formada por sillas curvas, un sofá y dos sillones ajados adornaban la sala. En las paredes y en el suelo había un amontonamiento de muebles, cuadros y cachivaches; un piano viejo con las teclas amarillentas, dos o tres cornucopias, una consola de mármol que sostenía dos relojes ennegrecidos de metal dorado, un pupitre de porcelana y una poltrona vieja cubierta de tela dorada con dibujos negros.

En esta poltrona pasaba Ossorio las horas muertas, contemplando las rajaduras del techo, que parecían las líneas que representan los ríos en los mapas, y las manchas redondeadas, rojizas, que dejaban las moscas.

En las paredes no había sitio libre donde poner la punta de un alfiler: estaban llenas de cuadros, de apuntes, de fotografías de iglesias, de grabados y de medallas. Había reunido allí los mejores cuadros de la casa, antes colocados en los sitios más oscuros.


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