Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas —Y luego los ojos… sin duda están ambos demasiado de frente. Lo mismo da tener dos ojos que uno si han de estar pegados.
Alicia estaba harta de tanta crÃtica personal y, al ver tan animado y locuaz al anciano, pensó que ahora podÃa dejarlo sin más problema solo.
—Creo que ya es hora de irme —dijo—. ¡Adiós!
—Adiós y gracias —repuso la Avispa; y Alicia volvió a correr por la colina abajo, satisfecha de haber retrocedido para dedicar unos minutos a aquella pobre y anciana criatura.
Unos cuantos pasos la llevaron al borde del arroyo.
—¡Por fin la octava casilla! —exclamó cruzándolo de un salto y se dejó caer, para descansar sobre un prado suave como musgo, salpicado por pequeños macizos de flores.