Alicia en el PaÃs de las Maravillas
Alicia en el PaÃs de las Maravillas A Alicia le dio tanta risa esto que tuvo que volver corriendo al bosque por miedo a que la oyeran; y cuando asomó de nuevo la cabeza, el Lacayo Pez se habÃa ido ya y el otro estaba sentado en el suelo, junto a la puerta, con la mirada estúpidamente fija en el cielo.
Alicia se acercó tÃmidamente a la puerta y llamó.
—Es totalmente inútil llamar —dijo el Lacayo—, y eso por dos razones. Primero, porque estoy del mismo lado de la puerta que tú. Segundo, porque dentro hacen tanto ruido que nadie podrá oÃrte.
Y, en efecto, del interior salÃa el estruendo más extraordinario: incesantes aullidos y estornudos y, de vez en cuando, un fuerte estallido, como si una fuente o una cazuela se hubieran hecho añicos.
—Por favor, dÃgame entonces, ¿qué he de hacer para entrar? —preguntó Alicia.
—Llamar a la puerta tendrÃa algún sentido —prosiguió el Lacayo, sin hacerle caso— si la puerta estuviera entre tú y yo. Por ejemplo, si tú estuvieras dentro, podrÃas llamar, y yo podrÃa dejarte salir.
El Lacayo miraba todo el rato al cielo mientras hablaba, y esto, decididamente, pensó Alicia, era una falta de educación. «Pero quizá no puede evitarlo —se dijo—: ¡tiene los ojos tan en lo alto de la cabeza! Pero podrÃa al menos contestar las preguntas.»
—¿Qué he de hacer para entrar? —repitió en voz alta.