Silvia y Bruno
Silvia y Bruno Entonces me atreví a interrumpir y le ofrecí a la dama un plato de fresas con nata. Me inquietaba de veras la idea de que ella pudiera percatarse de la broma, y me las arreglé, sin que ella me viera, para menear la cabeza hacia el pseudofilósofo en un gesto reprobatorio. Pasando igualmente desapercibido para la mujer, Arthur se encogió ligeramente de hombros y separó ampliamente las manos, como diciendo: «¿Qué más puedo decirle?», y se alejó de allí, dejando a la dama hablar de sus fresas por «involución», o como las prefiriera.
Para entonces, los carruajes que debían transportar a los jaraneros a sus respectivos hogares habían comenzado a agruparse en el exterior del castillo, y se hizo evidente —ahora que el primo de lady Muriel se había unido a nuestro grupo que el problema de cómo llevar a cinco personas a Elveston, con un carruaje en el que sólo cabían cuatro, debía ser resuelto de algún modo.
El honorable Eric Lindon, que se encontraba en aquel momento caminando de acá para allá con lady Muriel, podría haberlo solucionado en el acto, sin duda, anunciando su intención de regresar a pie. Pero no parecía existir ni la más mínima probabilidad de que esta solución fuera a producirse.
La mejor alternativa, tal como yo lo veía, era que quien volviese andando a casa fuera yo, y así lo propuse sin tardanza.