El pirata
El pirata —Ese conocimiento que usted tiene de los ingleses no procede de cuando era artillero —observó secamente el teniente.
—Ya está usted otra vez —dijo Peyrol—. ¿Y que le importa a usted de dónde lo saqué? Suponga que de un hombre que ha muerto. Atribúyalo a eso.
—Vale, vale. De manera que no resulta muy fácil averiguar lo que piensan.
—No —dijo Peyrol, añadiendo malhumoradamente—: Y algunos franceses no son mucho mejores. Ya me gustarÃa poder averiguar lo que piensa usted.
—Pienso en una misión, artillero, en una misión que, a primera vista, parece fácil, pero que examinada con mayor detenimiento se perfila como la más difÃcil de todas las que ha acometido en su vida. Todos los jefazos andan a vueltas con ella. Asà ha debido de ser, puesto que para ello me han llamado. Cosa lógica si se tiene en cuenta que trabajo en el Almirantazgo. Me enseñaron la orden de ParÃs y en seguida me hice cargo de las dificultades que entrañaba. Se las mostré y me encomendaron…
—Venir aquà —le interrumpió Peyrol.
—No. Ponerlo todo a punto, de forma que pueda llevarse a cabo.
—Y usted comenzó por venir aquÃ. Usted siempre viene aquÃ.