El idiota
El idiota Varios de ellos, totalmente confundidos, se habían batido en definitiva retirada y esperaban en la pieza contigua. Los que había en el salón se sentaron al invitarles Nastasia Filipovna, pero lejos de la mesa y casi todos en los rincones. Algunos persistían en disimular su presencia; otros, en cambio, recobraron su aplomo con extraordinaria rapidez. Rogochin ocupó la silla que se le indicara, pero al cabo de un momento se levantó y ya no tornó a sentarse. Gradualmente iba reparando en los presentes. Viendo a Gania sonrió con malignidad y murmuró para sí; «¡Hola!». El general y Totsky no le causaron impresión: casi no se fijó en ellos. Pero al descubrir al príncipe al lado de Nastasia Filipovna, la sorpresa le hizo, a pesar suyo, fijar los ojos en Michkin durante algunos instantes, como si no se explicara aquel nuevo encuentro. Había momentos en que se sentía víctima de un verdadero delirio. Además de las fuertes impresiones del día, había pasado en el tren la noche anterior y llevaba cerca de cuarenta y ocho horas sin dormir.