El idiota
El idiota Mientras las Epanchinas se disponían a marchar al extranjero, sobrevino en aquel invierno una circunstancia que cambió de repente la marcha de las cosas y, con gran satisfacción de los padres, hizo suspender el viaje. Llegó a San Petersburgo, procedente de Moscú, el príncipe Ch., persona muy conocida por sus buenas cualidades. Tratábase de uno de esos hombres a la moderna a quienes cabe calificar de reformadores honrados, modestos, sinceros, inteligentemente deseosos de la prosperidad pública y notable por la rara y afortunada facultad de encontrar siempre algo útil que hacer. Sin exhibirse en exceso, sin mezclarse a las disputas verbales, violentas y estériles de los partidos, sin creerse una personalidad de primer orden, el príncipe no dejaba de comprender con mucha claridad las necesidades de la época contemporánea. Primero había servido al Estado, y luego pasó a ser miembro activo de un zemstvo. Era, asimismo, miembro correspondiente de varias sociedades científicas. En colaboración con un distinguido perito, había hecho modificar ventajosamente el trazado de una nueva e importante línea férrea. Tenía ahora alrededor de treinta y cinco años, era hombre de alta sociedad y, además, poseía lo que el general llamaba «una fortuna buena, seria e indiscutible». Epanchin había conocido al príncipe Ch. en casa del conde, su superior jerárquico. El príncipe Ch. tenía cierto interés en tratar a los «hombres prácticos» de Rusia y no rehuía su sociedad. Sucedió que, presentado el príncipe en casa de los Epanchin, se sintió poderosamente atraído por Adelaida Ivanovna. Antes de finalizar el invierno había ya solicitado la mano de la joven. Adelaida Ivanovna simpatizaba mucho con él, y Lisaveta Prokofievna participaba de esta simpatía. El general se hallaba muy satisfecho. Y se convino que la boda se efectuara en primavera.