El idiota
El idiota —¡Ésa es la pura verdad! —intervino un señor mal vestido, de figura achaparrada, que se sentaba a su lado. Era un hombre cuarentón, robusto, de roja nariz y rostro lleno de granos, con aire de empleado subalterno de ministerio—. ¡Es la pura verdad! Esa gente no hace más que llevarse toda la riqueza de Rusia sin darnos nada en cambio.
—En lo que personalmente me respecta se engañan ustedes —dijo, con acento suave y conciliador, el cliente de los doctores suizos—. Desde luego, no puedo negar en términos generales lo que ustedes dicen, porque no estoy bien informado al propósito; pero me consta que mi médico ha invertido hasta su último céntimo a fin de proporcionarme los medios de volver a Rusia, después de mantenerme dos años a sus expensas.
—¡Cómo! —exclamó el viajero de cabellos negros—. ¿No habÃa nadie que pagase por usted?
—No. El señor Pavlichev, que era quien atendÃa a mis gastos en Suiza, murió hace dos años. Escribà entonces a la generala Epanchina, una lejana parienta mÃa, pero no recibà contestación. Y entonces he vuelto a Rusia.
—¿Dónde va usted a instalarse?
—¿Quiere decir que dónde cuento hospedarme? Aún no lo sé; según como se me pongan las cosas. En cualquier sitio…
—¿De modo que aún no sabe dónde?