Los Tres Mosqueteros

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—La verdad es —repuso Richelieu—, por mucho que me repugne hablar de tamaña traición, que vuestra majestad me hace pensar en una cosa: mm. de Lannoy, a quien por orden de vuestra majestad he interrogado varias veces, me ha dicho hoy que esta última noche su majestad ha velado hasta hora muy avanzada, y llorado toda la mañana, y escrito durante todo el día.

—A él, como si lo viera —exclamó el rey—. Cardenal, necesito los papeles de la reina.

—¿Y cómo apoderarse de ellos, señor? —arguyó Richelieu—; me parece que ni vuestra majestad ni yo podemos encargarnos de semejante cometido.

—¿Cómo hicieron con la mariscala de Ancre? —exclamó el rey en el colmo de la cólera—; no solo registraron sus armarios, más también a ella misma.

—La mariscala de Ancre no pasaba de ser lo que era, una aventurera florentina, y nada más, en tanto que la augusta esposa de vuestra majestad es Ana de Austria, reina de Francia, es decir, una de las más grandes princesas del mundo.

—Y por lo mismo tanto más culpable, señor duque —profirió Luis XIII—. A tanto más bajo nivel ha descendido, cuanto más ha olvidado el eminentísimo lugar en que estaba colocada. Por lo demás, hace ya largo tiempo que estoy decidido a acabar con todas esas intriguillas políticas y esos galanteos. Tiene también la reina a su servicio un tal La Porte…


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