Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Puede que sà —respondió Athos—; pero por lo que podrÃa tronar, prestad atención a lo que voy a deciros: asesinad o haced que asesinen al duque de Buckingham, poco me importa, no le conozco, y, por otra parte, es inglés; pero no toquéis ni un cabello a D’Artagnan, pues es un amigo fiel a quien quiero y defiendo; donde no, os juro por la memoria de mi padre que este será el último crimen que habréis de cometer.
—M. de D’Artagnan me ha inferido una ofensa gravÃsima —dijo milady con voz sorda—, y morirá.
—Como si fuese posible ofenderos a vos —repuso Athos riéndose—. ¿Conque os ha ofendido y morirá?
—SÃ, morirá —profirió milady—; primero ella, luego él.
Athos sintió como un vértigo; la presencia de aquella mujer le traÃa a la mente recuerdos despedazadores; y al pensar que un dÃa, en una situación menos peligrosa que en la que ahora se hallaba, ya habÃa intentado sacrificarla a su honra, volvió a invadirle, ardiente y cual inmensa fiebre, el deseo de exterminio. Asà pues, se levantó a su vez y, llevando la mano a su cinto, sacó una pistola y la amartilló.