Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Milady, pálida como un cadáver, intentó gritar, pero su helada lengua no pudo proferir más que un sonido ronco que más que una voz humana parecía el estertor de una fiera; pegada al oscuro entapizado, y con los cabellos en desorden, semejaba la imagen espantable del terror.

Athos levantó pausadamente su pistola, extendió el brazo de manera que la boca del arma casi tocase la frente de milady, y con voz tanto más terrible cuanto tenía la calma suprema de una resolución inquebrantable, dijo:

—Señora, ahora mismo vais a entregarme el papel que os ha firmado el cardenal, o por la salvación de mi alma os juro que de un pistoletazo os deshago el cráneo.

De habérselas con otro hombre, lady Clarick podría haber alentado alguna duda; pero conociendo, como conocía, a Athos, ya era distinto: ello no obstante, permaneció inmóvil.

—Os concedo un segundo para decidiros —dijo el mosquetero.

Milady vio, por la contracción del rostro de Athos, que el tiro iba a partir, y metiéndose con viveza la mano en el seno, sacó un papel y lo entregó a su interlocutor.

—Tomad, y maldito seáis —exclamó lady Clarick.


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