Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Felton se sentó en un sillón que, por casualidad, había junto a la puerta y aguardó sin proferir palabra ni hacer un ademán.
Milady, que poseía el gran arte, tan estudiado por las mujeres, de ver a través de sus largas pestañas sin abrir los párpados aparentemente, vio a Felton vuelto de espaldas a ella, y continuó mirándole por espacio de unos diez minutos.
El impasible guardián no se volvió ni una sola vez.
Lady Clarick, visto lo estéril de la primera prueba, pensó que lord Winter iba a venir y a dar con su presencia nueva fuerza a su carcelero, y tomando una resolución como mujer que cuenta con la eficacia de sus ardides, levantó la cabeza, abrió los ojos y suspiró débilmente.
A este suspiro, Felton se volvió por fin.
—¡Ah! ¿Os habéis despertado, señora? —dijo el teniente—. Entonces yo nada tengo que hacer aquí. Si os hace falta algo, llamad.
—¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cuánto he sufrido! —murmuró milady con aquella armoniosa voz que, semejante a la de las hechiceras antiguas, seducía a cuantos ella quería perder.
Y, al enderezarse en su sillón, lady Clarick tomó una actitud todavía más graciosa y más abandonada que la que guardaba cuando estaba tendida.