Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos Crouch se echó a reÃr, y los otros dos hombres le miraron con sorpresa.
—Me alegro de que no haya nadie aquà para ver esto —dijo—; serÃa un golpe terrible para el prestigio británico.
—¿Qué otra cosa podÃamos hacer, diantres? —preguntó Bolton—. Sabe tan bien como yo que no tenÃamos ni la más mÃnima posibilidad contra él, ni siquiera con tres rifles.
—Claro que no —dijo Algy—; no hemos podido verle para disparar hasta que ha estado sobre nosotros. Hemos tenido suerte de que hubiera a mano algunos árboles para poder trepar enseguida; buenos árboles viejos; siempre me han gustado los árboles.
El tigre se acercó rugiendo, y cuando estuvo bajo el árbol en el que Algy se habÃa refugiado, se agazapó y saltó.
—¡Por Júpiter! —exclamó Algy, trepando por el árbol para alejarse—; ese bicho ha estado a punto de pillarme.
Otras dos veces saltó el tigre para alcanzar a alguno de ellos, y luego se alejó por el sendero y, a cierta distancia, se tumbó, paciente.
—Ese bicho nos tiene bien cogidos —dijo Bolton.
—No se quedará ahà eternamente —replicó Crouch.