Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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Cit Coh Xiu miró de arriba abajo a la muchacha y la encontró bella. Era la primera mujer blanca que veía, y de pronto se le ocurrió que sería una vergüenza entregársela a algún dios que tal vez no la querría. No se atrevió a expresarlo en voz alta, pero pensó que la muchacha era demasiado hermosa para cualquier dios; y, en realidad, según los cánones de cualquier raza, Patricia Leigh-Burden era muy hermosa.

—Creo —dijo el rey— que me la quedaré un tiempo como criada personal.

Chal Yip Xiu, el sumo sacerdote, miró al rey con bien fingida sorpresa. En realidad, no le sorprendía en absoluto, pues conocía a su rey, quien ya había tomado en préstamo a los dioses varias bellas ofrendas.

—Si es elegida por los dioses —dijo—, los dioses se enojarán con Cit Coh Xiu si se la queda para sí mismo.

—Tal vez estaría bien —dijo el rey—, si pudieras ver que no ha sido elegida…, al menos de inmediato. De todos modos, no creo que los dioses la quieran —añadió.

Patricia, que escuchaba con atención, había comprendido al menos de qué estaban hablando.

—Un dios ya me ha elegido —declaró—, y se enojará si me hacéis daño.

Cit Coh Xiu la miró con sorpresa.


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