Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —No dispares. Puede ser que, por casualidad, solo le hieras, y entonces atacaría. Espera.
Tarzán cogió un palo, uno de cuyos extremos estaba ardiendo, y lo lanzó a la oscuridad. Los ojos desaparecieron.
—Si vuelve, dispárale por encima de la cabeza. Eso puede que lo asuste y se marche.
El askari se quedó muy alerta, pero observaba al extraño tanto como observaba por si el león regresaba. Tarzán se calentó junto al fuego. Al cabo de un rato el viento refrescó y cambió de dirección. Tarzán levantó la cabeza y oliscó el aire.
—¿Quién es el hombre muerto? —preguntó.
El askari se apresuró a mirar alrededor, pero no vio a nadie. La voz le temblaba un poco cuando respondió.
—No hay ningún hombre muerto, bwana —protestó el askari.
—Hay un hombre muerto en aquella parte del campamento —y Tarzán señaló hacia las tiendas de los blancos.
—No hay ningún hombre muerto, y me gustaría que te marcharas con tu charla sobre la muerte.
El otro no respondió. Siguió sentado en cuclillas, calentándose las manos.
—Tengo que ir a despertar a los cocineros —dijo el askari entonces—. Es la hora.