Tarzán y los náufragos

Tarzán y los náufragos

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A medida que se acercaba la noche, el cielo se puso nublado y el viento arreció, y con el balanceo del barco los animales se pusieron inquietos de nuevo. Los lascares pasaron cu bos de agua a todas las jaulas excepto en la que se hallaba confinado Tarzán. Para ello tuvo que levantar las puertas de las jaulas lo suficiente para pasar los cubos; luego pasó una escoba, con la que se suponía que los que estaban allí encerrados debían limpiar su jaula. Aunque le acompañaban otros dos marineros armados con rifles, no abrió la jaula de Tarzán, pues Schmidt tenía miedo de que el hombre salvaje aprovechara la oportunidad para escaparse.

Tarzán había estudiado este procedimiento, que se había desarrollado a diario desde que le habían subido a bordo del Saigón. Sabía que siempre traían el agua los mismos lascares y que volvían de nuevo aproximadamente a las cuatro llamadas de la primera guardia nocturna para realizar una inspección final de los cautivos. En esta ronda venía solo, ya que no tenía que abrir las jaulas; pero Schmidt, con el fin de tener mayor protección, le había armado con una pistola.

Esa tarde, cuando estaba pasando el agua a la jaula que ocupaban los Leigh, el coronel le pidió:

—Mozo —dijo—, tráenos cuatro sillas de barco y alfombras —y entregó al lascar un billete de cinco libras.


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