Tarzán y los náufragos
Tarzán y los náufragos —Nos iremos, de acuerdo —dijo Oubanovitch—, pero nos llevaremos nuestra parte de las provisiones, armas y munición.
—Os llevaréis vuestra vida y nada más —replicó Tarzán.
—No pretenderá enviarles a que se adentren en esta extraña jungla sin comida ni armas —protestó el coronel.
—Eso es exactamente lo que pretendo hacer —dijo Tarzán—, y tienen suerte de que no sea peor.
—No puedes hacernos esto —gritó Oubanovitch—, no puedes quedarte con un montón de sucios capitalistas opulentos y machacar a los pobres obreros. Conozco a los de tu clase, un adulador que espera ganarse el favor de los ricos y los poderosos.
—¡Dios mĂo! —exclamĂł Algy—, ese canalla está dando un discurso.
—Como si esto fuera Hyde Park… —dijo Patricia.
—Eso es —gritĂł Oubanovitch—; la perspicaz burguesĂa ridiculizando al honesto trabajador.
—Largaos —gruñó Tarzán.
Abdullah tirĂł de la manga de Oubanovitch.
—Será mejor que nos vayamos —susurró—; conozco a ese tipo; es un diablo, no dudarĂa en matarnos.