El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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-¡Ay!, no lo permita Dios -decía mi madre-. ¿Yo quitarme el luto tan breve? Ni por un pienso. Amé mucho a tu padre, y agraviaría su memoria si me quitara el luto tan presto.

-¿Cómo tan presto, señora? –decía yo-; ¿pues ya no han pasado seis meses?

-¿Y qué? -decía ella toda escandalizada-. ¿Seis meses de luto te parecen mucho para sentir a un padre y a un esposo? No, hijo, un año se debe guardar el luto riguroso por semejantes personas.

Ya ustedes verán que mi madre era de aquellas señoras antiguas que se persuaden a que el luto prueba el sentimiento por el difunto, y gradúan éste por la duración de aquél; pero ésta es una de las innumerables vulgaridades que mamamos con la primera leche de nuestras madres.

Es cierto que se debe sentir a los difuntos que amamos, y tanto más, cuanto más estrechas sean las relaciones de amistad o parentesco que nos unían con ellos. Este sentimiento es natural, y tan antiguo, que sabemos que las repúblicas más civilizadas que ha habido en el mundo, Grecia y Roma, no sólo usaban luto, sino que hacían aun demostraciones más tiernas que nosotros por sus muertos. Tal vez no os disgustará saberlas.


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