Yawar fiesta
Yawar fiesta Algunos propusieron acatar, temerosos de la represión. Pero la mayorÃa, los viejos con cicatrices y los jóvenes con fuego en los ojos, eligieron otra ruta: la resistencia. Y no a gritos, sino con estrategia. BuscarÃan un toro, el más fiero de todos, y organizarÃan la fiesta a escondidas si era necesario.
Mientras tanto, desde Lima llegó otro personaje: un funcionario del Ministerio. Joven, altivo, convencido de que venÃa a educar a los salvajes. Caminó por el jirón BolÃvar con gesto de superioridad, sin entender que los ojos que lo seguÃan desde las sombras no eran ojos vencidos, sino los de un pueblo que aún respiraba lucha.
—Ustedes ya no pueden seguir matando por diversión —dijo el funcionario ante una asamblea de mistis y chalos.
Pero nadie le contestó. Los quechuas no estaban ahÃ. Estaban más abajo, en sus casas de adobe, oliendo el aire como se huele la tormenta.
La orden del gobierno no solo prohibÃa una fiesta. ProhibÃa la memoria. ProhibÃa la sangre que corre por las venas de una cultura milenaria. Y en Puquio, cuando algo se prohÃbe con desprecio, se transforma en promesa. Porque si algo sabÃan los ayllus, era esperar. Esperar y morder cuando el tiempo era justo.
