Crítica de la Razón Práctica
Crítica de la Razón Práctica Después de todo, Kant no puede asumir que la «felicidad sea únicamente un premio a la astucia o una especie de lotería en la ruleta del azar[44]». Y, al igual que Weber en la rueda de la historia, Kant quiere poner su mano en la rueda del azar para controlar su giro y asegurarse del resultado. Pese a que la felicidad es presentada como el contrapeso del deber[45], tampoco dejará de ser caracterizada como deber indirecto: «Asegurar su propia felicidad es un deber (cuando menos indirecto), pues el descontento I con su propio estado, al verse uno apremiado por múltiples preocupaciones en medio de necesidades insatisfechas, se convierte con facilidad en una gran tentación para transgredir los deberes[46]». Perseguir la propia felicidad puede verse permitido desde un punto de vista moral, siempre que represente un medio para desbrozar el camino hacia la moralidad[47]. Lo que nunca puede constituir es un deber en sí mismo, ni ser objeto de un imperativo categórico. «Un mandato conforme al cual cada uno debiera tratar de hacerse feliz sería bastante absurdo, porque nunca se ordena a nadie aquello que ya quiere inevitablemente de suyo; únicamente habría que mandarle, o más bien brindarle, las medidas a tomar, habida cuenta de que no puede todo cuanto quiere» (A 65[48]). Mas esta diferenciación entre los principios de felicidad y moralidad no equivale para Kant a una contraposición entre ambos, ni tampoco pretende «que se deba renunciar a las demandas de felicidad, sino sólo que no se les preste atención al tratarse del deber» (A 166).