La Isla del tesoro
La Isla del tesoro En primer lugar, el señor Arrow resultó ser peor de lo que el capitán se había temido. No tenía autoridad con la marinería y esta hacía con él lo que se le antojaba. Pero eso no era ni mucho menos lo peor del caso: al cabo de un par de días en alta mar, empezó a aparecer sobre cubierta con los ojos turbios, las mejillas enrojecidas, la lengua pastosa, y otros síntomas de embriaguez. Una y otra vez lo arrestaban. A veces se caía y se hería, otras se pasaba todo el día tumbado en su coy, a un lado de la escotilla; en ocasiones conseguía estar casi sobrio durante un par de días y cumplía más o menos con sus obligaciones.
Sin embargo, nunca pudimos descubrir de dónde sacaba la bebida. Era un enigma a bordo. Por mucho que vigiláramos a Arrow, nunca conseguimos resolverlo; y cuando se lo preguntábamos directamente, se limitaba a reír si estaba bebido, y, si estaba sobrio, negaba solemnemente que jamás hubiera probado otra cosa que no fuera agua.
No solo era un desastre como oficial y una mala influencia para los hombres, sino que estaba claro que a ese paso no tardaría en acabar con su vida; por ello, a nadie le sorprendió ni le afligió demasiado cuando, una oscura noche de fuerte marejada, desapareció sin dejar rastro.