La Isla del tesoro
La Isla del tesoro Toda la tarde se la pasaron disparando. Las balas volaban sobre el fortín una tras otra o caían a poca distancia del mismo, o se estrellaban contra la tierra dentro de la empalizada; pero tenían que apuntar tan alto que el proyectil caía sin fuerza y se enterraba en la blanda arena. No había peligro de que rebotara, y aunque uno se metió por el tejado de la cabaña y volvió a salir por el suelo, enseguida nos acostumbramos a este entretenimiento brutal, que no nos afectaba más que una partida de críquet.
—No hay mal que por bien no venga —observó el capitán—. Probablemente, el bosque que tenemos delante esté despejado. La marea lleva un buen rato bajando y nuestras provisiones habrán quedado al aire. ¡Voluntarios para ir a por la carne de cerdo!
Gray y Hunter fueron los primeros en ofrecerse. Salieron bien armados del fortín, pero su misión resultó en vano. Los amotinados eran más atrevidos de lo que nos suponíamos, o se fiaban más de la artillería de Israel. Pues cuatro o cinco de ellos estaban llevándose nuestras provisiones por el agua hasta uno de los botes que estaba allí cerca, remando de vez en cuando para que no se lo llevara la corriente. Silver iba dando órdenes a la proa del bote y todos los tripulantes tenían ahora un mosquete, que habrían tenido guardado en algún polvorín secreto.