Ardiente sacrificio

Corin Tellado

La miró de arriba abajo con aquella expresión indolente, propia del hombre que nunca tiene prisa por nada. En su semblante cerrado podía observarse también que todo cuanto ella decía le tenía muy sin cuidado. Lyn Hart ya lo sabía. Sabía también que estaba ante un hombre sin corazón que carecía en absoluto de sensibilidad. Que jamás, ni en los momentos más emotivos, se conmovía.
Dobló el abrigo sobre el pecho. En su ademán nervioso podía leerse desesperación o sensibilidad herida. Era moderna, esbelta, no muy alta, de una femineidad extremada. Pero también esto parecía tener muy sin cuidado a Doug Dickinsor. Los ojos melados de Lyn, grandes, rasgados, orlados por espesas pestañas negras, no parpadearon.
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