Has de ser tú

Corin Tellado

La puerta de la salita íntima se cerró tras Lawrence Ackerman. Este avanzó y se aproximó a la ventana. Con la vista fija en la calle se mantuvo inmóvil.
?Siéntate, Law ?dijo Donald Wolfe con suavidad. Lawrence no se movió. Diríase que no había oído a su amigo. Hubo un silencio. Lawrence encendió un largo cigarro y fumó aprisa, como si sus nervios estuvieran prontos a estallar y pretendiera apaciguarlos por medio del cigarrillo.
?Law..., ¿tengo que consolarte yo a ti? Lawrence se volvió al fin. Con paso lento avanzó hacia una butaca. Era alto, delgado, enjuto. Tenía el pelo negro, azules los ojos; de un azul oscuro, que a veces parecía negro. En aquel instante eran oscuros. Su rostro era enjuto, de ancha frente y pómulos salientes. Su boca grande, de suave dibujo contrastando con su talla y la adustez de su frente. Sus ojos tenían un suave mirar, cálido. Contaría a lo sumo treinta años y las sienes aparecían algo encanecidas. Vestía con elegancia, sin rebuscamiento. La ropa en el flaco y alto cuerpo de Lawrence caía con soltura, como si fuera hecha expresamente para él. Así era en realidad, si bien hay hombres que se visten en un buen sastre y cuando lucen los trajes diríase que son prestados. Lawrence no. Ya cuando Lawrence tenía dieciocho años y llegó del Canadá a Trenton y se asoció con Donald, las ropas de confectión (entonces ni Lawrence ni Donald eran millonarios) que usaba nuestro amigo parecían haber sido hechas para él.
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