Refugio de criminales

Keith Luger

El establecimiento parecía servir de bar y almacén y ostentaba un letrero que rezaba: ?Habitaciones?. Talbot cruzó la calle y cuando llegó al otro lado, ante la puerta de la cantina, se dio vuelta. Frank Talbot empujó las puertas del establecimiento y se deslumbró ligeramente. Las persianas estaban echadas y dentro reinaba una suave penumbra. Talbot se aproximó a un largo mostrador situado a la izquierda. Un sujeto grueso de largas patillas que estaba detrás del mostrador lo miró con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Sin embargo reanudó la limpieza de los vasos que tenía entre manos, pero ahora sus movimientos se hicieron más rápidos y nerviosos. Un vaso le saltó de la mano, cayó al suelo y se rompió en cien pedazos.
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