Las mujeres también matan

Alf Regaldie

Cuando Doug Wrigth llamó a la puerta de la oficina de Stanley Wilding, se preparó, dispuesto a entrar como fuese. El joven sabía bien que Budy Roscoe, el gorila que tenía Wilding como guardaespaldas, no le dejaría entrar y que le echaría la puerta a las narices. Y se preparó para evitar que pudiese suceder tal cosa. Tardaron bastante en abrirle y cuando lo hicieron fue tomando precauciones. Apenas Roscoe entrevió al visitante, cargó contra la puerta para cerrarla, pero llegó tarde. El pie de Doug quedó clavado en la abertura como una cuña.
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