Su primer rodeo

Fidel Prado

Bajo la tirante lona del balcón volado de su hacienda en Wan Horn, al sur de Nuevo México, Cheryl Chapman recibió la carta que su criada negra le entregó. Cheryl era una muchacha morena, de unos veinticinco años, de una estatura proporcionada, quizá más bien alta y metida en carnes. Su rostro era perfecto; sus ojos grises y grandes, tenían una mirada ingenua que engañaba en el primer momento, pues de ingenua no tenía más que aquel aspecto tímido e indolente, cuando dejaba que sus nervios descansasen y se entregaba a la molicie y el abandono.
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